jueves, enero 29

Maniqueísmo Eclesiástico

Jorge Carlos Díaz Cuervo

La idea central de un régimen democrático liberal consiste en el establecimiento de contrapesos y –en la medida de lo posible– diáfanas fronteras entre los diferentes individuos, grupos de la población y colectivos gubernamentales con la perenne finalidad de lograr arreglos institucionales que propicien bienestar y felicidad al mayor número de ciudadanos posible. Al final del día, de esto último se trata: de que la gente viva feliz y se entienda mejor.

Todas las democracias inscritas en un contexto democrático liberal deben asumir un hecho insuperable pero siempre atendible: el pluralismo igualitario. Es decir, la existencia de innumerables individuos, grupos o bien conjunto de agrupaciones que son diferentes entre sí –extremadamente diferentes entre sí en ocasiones–, pero que tienen idéntico derecho a exigir apoyo, reconocimiento y arreglos institucionales orientados a mejorar sus condiciones de vida en todas las dimensiones posibles: desarrollo personal, educación, empleo, salud, entretenimiento, acceso a canales de información, entre muchas otras.

Tal pareciera que la iglesia católica y sus altos jerarcas han decidido, en vísperas de la contienda electoral que culmina el 5 de julio de 2009, vulnerar y desconocer estos y otros principios básicos de convivencia democrática que por fortuna rigen la vida pública de la sociedad mexicana y que han costado muchos años, esfuerzo e incluso vidas construir e instaurar.

Las declaraciones de los presidentes de los Pontificios Consejos de la Familia y de la Salud –Ennio Antonelli y Javier Lozano Barragán– durante el sexto Encuentro Mundial de las Familias en el sentido de que los homosexuales deben permanecer en el “ámbito privado y no salir al público” y que las mujeres no deben trabajar porque descuidan la educación de sus hijos, constituyen un velado llamado a la violencia y una incitación a la discriminación contra millones de personas.


Sus afirmaciones, lejos de proclamar el amor y el respeto, constituyen una descalificación burda y contravienen el derecho a la no discriminación por ningún motivo, ya sea, entre otros, por preferencia sexual, género, raza o religión. Derechos, todos, salvaguardados por nuestra Carta Magna.

Mucho de lo que hasta ahora se ha expresado en el Sexto Encuentro Mundial de las Familias, no ha hecho más que descalificar y discriminar públicamente a vastos sectores de la sociedad mexicana. Proclamar a todo pulmón que la única relación éticamente posible es el matrimonio entre un hombre y una mujer es un despropósito y una estulticia que promueven un claro mensaje discriminatorio y excluyente.

En nuestra sociedad un hogar no se constituye exclusivamente sobre la base de una unión matrimonial, sino también a partir de pactos y arreglos de convivencia que han ido surgiendo como consecuencia del derecho de los ciudadanos a regular en libertad sus relaciones personales.

Millones de católicos en México y en el mundo, integran familias que no encajan en los modelos tradicionales que impulsa la iglesia católica. Esas familias, sin embargo, jamás traicionan el verdadero espíritu del núcleo familiar, que a mi juicio, no es otro que el amor, el respeto y la solidaridad.
A todas y a todos ellos, sería deseable que la iglesia católica enviara un mensaje de hermandad y apoyo, no un trasnochado maniqueísmo monacal.